Hay películas que engañan y directores que sorprenden. Para ser sincero, por qué no admitirlo, he de decir que hasta no hace mucho, cuando escuchaba el nombre de Buñuel lo primero que me venía a la cabeza era antiguo, añejo, obsoleto. Seguro que por mi falta de rigor, o de años, me precipitaba, como tanto ocurre en el cine, a hacer una valoración de la persona antes de conocer más a fondo su obra. Hace poco leí un artículo muy interesante sobre la vida de Buñuel, y descubrí el gigante internacional que me había estado perdiendo, todo un revolucionario, un artista polifacético que rompió barreras y nos dejó un conjunto de películas en las que predominaba un estilo que iba asomando en otras artes de la mano de propios amigos suyos, como Salvador Dalí. Ese estilo era el surrealista, y ambos, reconocidos mundialmente entre los padres de esta rama que agitó las mentes de los intelectuales del siglo XX, productos del orgullo patrio.
El surrealismo como movimiento vanguardista, a pesar de que existen obras que sugieren lo mismo de siglos anteriores, data de primeros del siglo pasado, de la mano del poeta francés André Breton, líder e iniciador del movimiento, promulgó a través de un manifiesto la definición del mismo, “automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento...sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Pocos años faltarían, entre 1925 y 1930 concretamente, para que artistas de la talla de Max Ernst, Yves Tanguy, Tristan Tzara, Louis Aragon, Luis Bueñuel o Salvador Dalí, se consideraran partidarios de Breton.
Las influencias del movimiento tuvieron consecuencias poéticas, filosóficas, sociales y representación en todas las artes, desde la literatura, en su comienzo, pasando por la música, artes plásticas e incluso apareciendo en los medios audiovisuales, cuyo máximo exponente es el cortometraje realizado por Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1928 titulado Un perro andaluz (Un chien andalou). Este cortometraje, nexo entre dos artistas superlativos y amigos, relata una historia irracional que remueve las emociones del público con imágenes impactantes. Un puro sueño entre ambos liberado de ataduras lógicas convertido en cine.
Más tarde, como otros intelectuales obligados al exilio, el turolense se desplazo a sudamérica. Allí se consagraría en tierras mejicanas como uno de los directores más especiales de la alta historia del cine, dejando un legado de 42 películas dirigidas, tan inolvidables como Le charme discret de la bourgeoisie (ganadora a la mejor película de habla no inglesa en los Oscar de 1973), Ese oscuro objeto del deseo (nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1978), Viridiana (Palma de oro en Cannes de 1961, según dicen, su mejor obra) o El ángel exterminador (nominada en Cannes en 1962, película que trataremos en breve un poco más a fondo).
Que duda cabe que, por mi parte, lo que resulta verdaderamente surrealista es no haber descubierto en profundidad la obra del director español más reconocido internacionalmente a día de hoy. Así, fui cambiando mi concepto de antiguo por transgresor, de añejo por fresco, de obsoleto por revolucionario. Un genio.

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