martes, 27 de septiembre de 2011

El arbol de la vida, poesía sensorial, lírica visual

                            





        Nueva York. En una supuesta época cercana a la nuestra, Jack (Sean Penn) es un ejecutivo opresivo que vive atormentado por los recuerdos. Como si los rascacielos de la gran ciudad fueran a atraparlo entre sí, comienza una especie de regresión mental en la que recuerda momentos de su infancia, manifiesta por la estricta y tosca educación de su padre (Brad Pitt) y, en contraposición, la dulce, tolerante y simbólicamente virginal recibida de su madre (Jessica Chastain).

        Por dónde empezar. Por el principio, por dónde sino, me asemeja en la complicada explicación de este film con la narración  del propio Malick. Tantas veces me vienen a la cabeza la insoportable levedad del ser que voy a acabar confundiendo el título original con la sensación que impregna la cinta. Es eso, de lo frágil que somos, de lo leve, de cómo una desgracia familiar, la muerte de un primogénito en el caso, puede condicionar hasta el fin tantas vidas alrededor y a la vez no alterar un solo ápice del universo. Con la combinación de imágenes de una belleza majestuosa, sobre elementos de la naturaleza, Terrence Malick enlaza paisajes helados con juegos de niños, golpeantes cascadas con riñas de madres o el descubrimiento de sensaciones nuevas en la infancia con imágenes preciosistas de toda materia, bañada por lo divino, de la naturaleza. La existencia de Jack es una minúscula e insignificante mota en el universo, erosionada por la vida, y educada por unos padres religiosos, así que por lo tanto es alto lógico que en su intento por recordar su desequilibrio emocional no sólo le vengan a la memoria imágenes racionales, sino también espirituales.  Muchos la señalarán, por las numerosas alegaciones (dentro de los escasos diálogos del film) a la teología como base de la educación, la razón por la que mucha parte de ésta película destelle todo elemento de la naturaleza, desde lo más insignificante hasta el planeta más golpeado por los rayos del sol, por igual de bellos, pero no por ello dejan de haber otros mensajes, preguntas filosóficas que los hombres se han preguntado desde milenios. 




        Las secuencias que acompañan a la familia de Jack siempre son reconocidas por utilizar planos contrapicados, en muchas ocasiones, sobre todo en elementos de la naturaleza, contrapicados perfectos, haciendo del espectador ferviente seguidor de lo que va sucediendo, parte activa emocional de la escena.

        Así como en La casa de los espíritus, donde varias generaciones de una familia iban trascurriendo y la propia casa ejercía de espectadora, inerte y atemporánea, de los días de cada persona, la vida pasa a través de cada personaje a modo de conducto por el que canalizarse, dejando la misma sensación de ser la verdadera protagonista infinita de la historia.
       
        Si no es sencilla la digestión del film, puestos a deshilachar la maraña reflexiva que Malick siempre garantiza, menos aún es la ingestión, por su total rechazo a muchos patrones cinematográficos que algunos espectadores puedan echar en falta. No se sorprendan si parte del público abandona la sala o si de repente le atañe cierto grado de desesperanza, tienen ante los ojos una película única que narra el crecimiento de un chaval, de una forma introspectiva y totalmente lírica los pasos que nos marcan en el desarrollo desde la niñez a la madurez.

        Especial atención hacia la influencia de un padre encarnado por, ahora sí, un merecido candidato a estar en la lista de nominados de la edición de los Oscar del próximo año. Brad Pitt acoge como símbolos de la figura paternal recia la barbilla echada hacia delante, los golpes en la espalda como muestra de afecto y unas notables señas de contención, un ejercicio por su parte del que podemos prever estar a punto de causar una implosión. Sospecho le pueda servir para el premio, lo veremos en unos meses, como veremos alguna que otra nominación más, fotografía y montaje como estandartes, por evidentes sendos derroches de talento. Nada de esto sería de extrañar dado el reconocimiento de la cinta, galardonada con la palma de oro en el festival de Cannes de este año.




        En lo que al argumento se refiere, poco importan los datos específicos que caracterizan al personaje, porque podría ser cualquier otro pasado. Marcado por la mano inconformista de su padre, un pianista inventor que convalida sus fracasos con la educación estricta que imparte a sus hijos, y el espejo maternal, cuya dualidad crearán en él sensaciones contradictorias; y cuando Jack recuerde y acepte que su padre solo era un artista frustrado que arrojaba y depositaba sus sueños en él, y que su madre poseía una autoridad moral no necesitada de pujanza,  se liberará de todo, se abrirá al paisaje, a la naturaleza que le embriagó en su niñez, a la lluvia; y el mar dejó de ser rencoroso, y entonces lo vio todo más claro, de la insoportable levedad del ser. El árbol de la vida, una oda a la vida.


2 comentarios:

  1. envidio tu vocabulario..
    =)

    ResponderEliminar
  2. yo envidio la sensibilidad de haber disfrutado con esta pelicula, porque yo no he podido. soy un insensible!

    ResponderEliminar